FRENTE AL CAPITALISMO EN CRISIS SOLO HAY UNA ALTERNATIVA: REVOLUCIÓN SOCIALISTA!
   
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  Revolución democrática avanza a una guerra civil
 
Revolución democrática avanza a una guerra civil

La revolución en Siria ya dura nueve meses, con las masas enfrentando a una durísima represión por parte de la dictadura de Bashar al-Assad. A pesar del creciente número de muertos cada día, las masas no abandonan las calles y la burguesía árabe ya da muestras de no estar aguantando tanta presión.

La apuesta de Assad y de la Liga Árabe, de que lanzar al ejército a las calles podría detener el proceso revolucionario, fracasó y tuvo el efecto contrario. No sólo no detuvo sino que provocó profundas fisuras en las Fuerzas Armadas del régimen y amplió la oposición política y el aislamiento internacional del régimen. La opción fue buscar un plano B para tratar de controlar la delicada situación en el país, que camina a una guerra civil. El más importante periódico americano, The New York Times, viene dando voz a las burguesías árabes que negocian con el gobierno sirio lo máximo que pueden, sin romper directamente con él, para conseguir que haga cambios en la forma de enfrentar la revuelta popular, sin precisar recurrir a una intervención armada que, debido a la posición geopolítica de Siria, podría incendiar todo el Medio Oriente. Siria tiene frontera con Líbano y el Mar Mediterráneo al oeste, Israel al sudoeste, Jordania al sur, Irak al este, y Turquía al norte, una región altamente explosiva.
 
Baño de sangre
 
La primera respuesta del gobierno de Assad para detener a las masas fue el enfrentamiento directo, con tiros, gas lacrimógeno, incluso gases venenosos, chorros de agua, prisión y torturas. Hace nueve meses la imagen de Siria es la de una masacre diaria y cada vez más violenta, porque las masas no se arrodillan. El resultado, hasta hoy, es el de una verdadera guerra civil contra la población. Según un informe de las Naciones Unidas, por lo menos 3.500 personas ya fueron asesinadas por el gobierno de Assad, incluyendo civiles, fuerzas de seguridad y soldados que desertaron. De acuerdo con la oposición, ese número llega a 5 mil, siendo 600 de ellos niños, además de 7 mil personas desaparecidas. Las prisiones están abarrotadas, con más de 100 mil detenidos.

Una investigación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, liderada por el brasileño Paulo Sergio Pinheiro, revela detalles de la represión de Assad contra la población. Según ella, han sido ejecutados niños y hay relatos de torturas en hospitales. Funcionarios de la ONU dijeron estar “totalmente escandalizados” con los relatos. “Pocas veces se vio un sistema de represión tan completo, con la tortura siendo utilizada políticamente y en los más diversos sectores. Por lo que parece, se creó una máquina de tortura para silenciar a todo un país. Ella no sucede solamente en las prisiones, sino en hospitales, colegios, centros de atención y ministerios”. (periódico Estado de São Paulo, 26/11).

La violencia es tanta que viene ampliando el número de opositores al régimen día a día, dentro de Siria. Afuera, antiguos aliados, como el gobierno turco, ahora piden al dictador Bashar al-Assad controlar sus masacres contra las masas. Francia, por intermedio del ministro del Exterior Alain Juppé, propuso la creación de "corredores humanitarios" para, según ellos, transportar medicamentos y otros suministros para los civiles. La propuesta de Francia llegó después que el baño de sangre ya se había instalado ampliamente por el país y después que la política de la dictadura de masacrar la rebelión había conseguido mantener a Assad un tiempo más en el poder, incluso después de la caída de otros dictadores en la región, como Mubarak y Gadafi. Pero, la población no se debe dejar engañar, porque ese tipo de oferta es una forma que tienen los países imperialistas para comenzar la intervención en la revolución Siria, para tratar de abortarla e impedir que derrumbe a Assad y se apodere del poder.

Es el mismo tipo de política que los países imperialistas tuvieron en Libia, cuando la situación salió del control por la acción insurreccional de los rebeldes armados y Gadafi pasó a ser un aliado incómodo y Francia e Inglaterra, sus aliados, pasaron a presionar con el fin de abandonar a su aliado y tratar de interferir vía el CNT sobre los destinos de Libia. Sólo que en Siria es mucho más complejo producir algo semejante a lo que fue la zona de exclusión aérea. Entonces, tratan de meterse de otra forma.

Tanto es así que una fuente diplomática occidental dijo que el plan de Francia, con o sin aprobación de Damasco, podría unir a los centros civiles dentro de Siria con las fronteras de Turquía y del Líbano y la costa del Mediterráneo. Eso permitiría, según ellos, transportar suministros humanitarios y remedios para la población. Para que eso sea posible, obviamente los convoyes humanitarios necesitarán de protección armada, lo que ya se configura en una intervención militar en Siria. Hay dos alternativas, dije la fuente: “que la comunidad internacional, la Liga Árabe y las Naciones Unidas consigan hacer que el régimen acepte los corredores humanitarios o, en caso contrario, nosotros tendremos que encontrar otras soluciones. En ese caso, vamos a necesitar de protección armada, pero eso no significa una intervención militar en Siria". Si no es una intervención militar directa, es una intervención disfrazada, que puede significar la presencia de tropas francesas o de la ONU que, en nombre de proteger a la población de Assad, pasarían a tener la fuerza posicionada para que, en caso de derrocamiento de Assad, pueda obligar a los rebeldes a desarmarse e/o imponer un control sobre los rebeldes y la población siria, que hoy está enfrentando al régimen, pero la cual el imperialismo quiere evitar que se organice en milicias que amenacen tomar el control del país.
 
Ejército en crisis
 
El mayor indicio de que el régimen sirio está pasando por una grave crisis es la situación de las fuerzas armadas. Principal institución del régimen, el ejército sirio se viene dividiendo día a día, con desertores que se suman a las fuerzas rebeldes que luchan contra Assad. Hasta ahora, sin embargo, la cúpula del ejército se mantiene fiel a Assad y disputa la constante represión contra los manifestantes. “Cortaremos cualquier mano maligna que quiera derramar la sangre siria”, dice un comunicado del ejército (periódico Estado de São Paulo, 26/11). Sin embargo,  una serie de ataques contra los edificios del gobierno están siendo protagonizados por jóvenes oficiales rebeldes, incluso con el uso de cohetes y granadas. Ya hubo ataques militares al régimen en Damasco. El pasado día 16 de noviembre, el centro de inteligencia del ejército sirio, en Harasta, suburbio de Damasco, fue atacado. Al día siguiente, el Ejército Libre de Siria (ELS) informó haber atacado locales del partido Baath en el norte del país. El día 20 se produjeron nuevos ataques al local del partido Baath en Damasco, información dada por el ELS, pero no confirmada por el CNS (Consejo Nacional Sirio, apoyado por los Hermanos Musulmanes). De cualquier forma hay rumores que dicen que no sólo hay ciudades y regiones fuera del control del régimen, cuyo ingreso, para las autoridades del gobierno de Assad, sólo se da de forma armada, pero que ya hay ataques en los alrededores de Damasco.

Las deserciones en el ejército -que suceden desde los primeros meses de la revolución en Siria- ya colocaron en peligro la unidad de las fuerzas armadas del país, una de las mayores preocupaciones de la Liga Árabe y del imperialismo, como ocurrió en Libia.

La política adoptada por el régimen sirio de masacrar la revuelta de las masas desmiente la retórica de Assad. El quiso jugar con un supuesto papel antiimperialista pero, en verdad, es que en los últimos años su gobierno viene cumpliendo un papel fundamental para el imperialismo, para garantizar la estabilidad en la frontera de Israel. Por eso, en los primeros meses de la revolución el imperialismo e Israel apoyaban incondicionalmente al gobierno sirio y evitaban, por todos los medios, su desestabilización que significaba, en última instancia, dejar desguarnecida la importante y peligrosa frontera con Israel.

Sin embargo, a pesar de sostener a Assad, el imperialismo y el propio Estado de Israel resolvieron más prudente mantener una distancia de él, porque la continuidad de las movilizaciones dentro de Siria y, sobre todo, la política adoptada por el régimen, de masacre directa, es totalmente incierta en cuanto a los resultados, sin contar que trae un desgaste de la imagen a los gobiernos imperialistas, que se llaman defensores de los derechos humanos.  Con eso, se amplió el aislamiento internacional del gobierno sirio y, como ocurrió con Gadafi, el imperialismo pasó a aplicar sanciones para obligar a que negociase con la oposición o se retirase.

Estados Unidos ya aplicó sanciones económicas y está en posición de espera. Los países europeos suspendieron la compra de petróleo sirio, ampliando la crisis a la economía, ya bastante afectada por la ola de movilizaciones. Turquía, principal socio comercial de Siria, con US$ 2,5 mil millones por año de operaciones comerciales, aumentó el tono. Exige la salida de Bashar además de cobijar al oposicionista Consejo Nacional Sirio y el recién formado Ejército Libre de Siria, liderado por Ryiad al-Asaad a partir de cientos de deserciones del ejército sirio.

En los últimos días el aislamiento del régimen dio un salto a partir de la decisión de la Liga Árabe, capitaneada por Arabia Saudita y por Qatar, de suspender a Siria en tanto país miembro, por incumplir las resoluciones de finalizar la represión y el ingreso libre de observadores de la Liga Árabe.

El día 22, la asamblea general de la ONU votó, por 114 a 9, la condena al régimen sirio por la falta de respeto a los derechos humanos. Brasil venía apoyando al régimen, pero también votó a favor, en tanto que Rusia y China se abstuvieron. Solamente Irán, Venezuela, Cuba y Nicaragua se posicionaron contra la resolución, en una clara demostración de que no aprendieron nada con la caída de Gadafi y hacen el mismo tipo de defensa incondicional del asesino Assad en nombre de una supuesta lucha antiimperialista. Así, dejan nuevamente la bandera de la defensa de las libertades democráticas en manos del imperialismo hipócrita y se niegan a defender al pueblo sirio, masacrado por la dictadura de Assad.
 
La oposición y la "ayuda" internacional
 
La oposición siria está, actualmente, dividida en dos sectores. El sector minoritario, formado en Damasco por personalidades sirias, defiende la reforma del régimen y se opone a la intervención extranjera. El otro sector formó el Consejo Nacional Sirio, después de reuniones en Turquía y en Bruselas, con 190 miembros, de los cuales el 60% está dentro de Siria. Participan la Hermandad Musulmana, liberales, las diversas facciones curdas y, aparentemente, los Comités de Coordinación locales. Estos comités fueron los que llamaron a las movilizaciones y hoy conforman el motor real de la revolución. Son la expresión siria del mismo fenómeno de jóvenes activistas, en las distintas ciudades, utilizando las herramientas de Internet y redes sociales para articular las movilizaciones contra el régimen asesino.

La posición mayoritaria del Consejo es por la salida de Assad antes que las cosas se pongan peores, pero coquetean con la posibilidad de intervención extranjera, sea ella limitada a los países árabes y a Turquía, sea ella limitada por la llamada zona de exclusión aérea y naval. Burhan Ghalioun, presidente del CNS, indagado sobre un eventual pedido de intervención extranjera, respondió que en este momento ningún país quiere intervenir militarmente en Siria, pero "cuando nos encontremos ante este deseo, tomaremos la posición apropiada".

Esa posibilidad es un gran peligro para la revolución: puede significar un freno al proceso revolucionario, el desarme de los Comités que coordinan las manifestaciones y, también, una represión aún mayor contra los activistas e luchadores revolucionarios.

La opción por la intervención extranjera no es mayoritaria dentro del recién formado Ejército Libre de Siria. Apenas una parte de ese ejército, que está formado por los oficiales disidentes y que aún no adhirió al CNS, pide la intervención internacional para crear una zona de exclusión aérea y marítima, además de una franja del territorio septentrional sirio para que el Ejército Libre pueda operar militarmente a salvo de las tropas de Assad.

¿Presión de Estados Unidos?
 
Como sucedió en el caso de Libia, en que corrientes chavistas y castristas apoyaban la permanencia de Gadafi, por considerarlo un gobierno democrático y nacionalista que venía siendo presionado por el imperialismo para dejar el poder, ahora en Siria la misma interpretación está de vuelta. Esas mismas corrientes vienen analizando las revueltas en Siria, no como una revolución democrática y popular, sino una provocación por parte de Estados Unidos para que el gobierno de Assad rompa relaciones con Irán y, al mismo tiempo, deje de apoyar a las fuerzas palestinas que luchan contra Israel. En un artículo publicado en la web de Rebelión, que expresa esas posiciones políticas, se dice que:

“Lo que preocupa a los Estados árabes que apoyan el derrocamiento del régimen sirio no es la confrontación entre éste y los manifestantes partidarios de la reforma en Siria. En palabras de un alto diplomático del Golfo, se invirtió una década entera y millones de dólares tratando de eliminar al presidente Bashar al-Assad de su alianza con Irán y para convencer a Assad a cambiar la política exterior de su país en dos áreas claves –Irak y Líbano-, pero fue en vano”. Según ese mismo diplomático, “la cuestión palestina no fue incluida en esas conversaciones, pero también forma parte de la presión americana contra Assad, para lograr que los grupos de la resistencia palestina, próximos a Siria, se eliminen para que se pueda poner en marcha la creación de un Estado palestino, socavando a los partidarios de la resistencia armada”.

En realidad, lo que este artículo ignora es que Siria venía negociando y aceptando las imposiciones de EE.UU. hace tiempo; por eso se retiró del Líbano hace seis años, mantiene una rigurosa tregua con Israel, no cuestiona las fronteras actuales ni el territorio que Israel usurpó a Siria en las colinas de Golán.
 
Volvamos a la historia de Siria
 
Ese discurso de la “conspiración colonial” viene siendo usado por el gobierno sirio y sus seguidores como forma de mostrar que la revolución de las masas contra el régimen no pasa de una maniobra orquestada por el imperialismo para derrocar a Assad y apoderarse de las riquezas del país. Es un discurso que presupone, antes que nada, la distorsión de la propia historia de Siria, de su papel en el mundo árabe y sus relaciones con el imperialismo y, después, la supresión total de los hechos que desencadenaron la revolución y su propio desarrollo, con las masas ocupando las calles y plazas y la cantidad incalculable de muertos, presos y torturados, incluyendo a los jóvenes y niños indefensos, incluyendo la persecución a la libertad de prensa para que nada de eso sea divulgado.

Desde que obtuvo la independencia en relación a Francia, en 1946, la historia de Siria como república parlamentaria estuvo marcada por una secuencia de golpes militares y tentativas de golpes. Luego, después de la independencia, el país entró en guerra con Israel, en 1948, y sufrió una derrota militar. En 1963, una oleada de luchas de liberación nacional que sacudieron a Medio Oriente, el partido Baath tomó el poder en una revuelta militar y vivió un período de enfrentamientos con el imperialismo, alineándose al nasserismo egipcio y al Baath iraquí. Se enfrentó con Israel en varias guerras y se ubicaba como defensor de la causa palestina, interviniendo en una serie de confrontaciones con Israel, como la Guerra de los Seis Días en 1967, la Guerra del Yom Kippur en 1973 y la defensa del Líbano contra Israel en 1978.

Bashar al-Assad, heredó el poder de su padre, Hafez al-Assad, quien gobernó desde 1970 hasta su muerte en el 2000, quien se aprovechó de su puesto militar en la cúpula del Baath para llegar al poder dando un golpe dentro del propio partido y ejerciendo un control feroz del aparato de Estado, fue reelecto sucesivas veces presidente del país, al mismo tiempo que se mantenía como secretario general del Partido Baath. Al inicio de los sucesivos mandatos aún se presentaba como defensor del nacionalismo árabe y rechazaba las negociaciones de paz con Israel, y rompió con Sadat cuando éste llevó a Egipto a firmar el tratado de paz con Israel. Más tarde, su gobierno, como el Baath iraquí de Sadam Hussein y las demás corrientes que se reivindicaban nacionalistas árabes, comenzó a ceder y buscar negociaciones con el imperialismo. Aceptó intervenir en el Líbano contra los palestinos y para imponer una estabilización que impidiese la caída del gobierno, mantuviese el estado confesional libanés y dejase a las tropas sirias en el territorio, como garantía de orden, durante años, con el beneplácito del imperialismo. Fue parte de la santa alianza promovida por el gobierno de Bush padre, de EE.UU. en 1990, para invadir a Irak gobernado por el Baath. Traicionó la causa árabe y hasta incluso a sus correligionarios del Baath en el vecino Irak.

Desde que asumió el poder, Assad intensificó la política de negociación con el imperialismo y trató de volver a aproximar a Siria al gobierno americano y, en la práctica, sirvió de suporte de Israel en Medio Oriente, como ya había ocurrido antes con el Egipto de Mubarak y la Libia de Gadafi. Tanto es así que las fuerzas de Hamas, que están en territorio sirio, ya venían sufriendo la persecución por parte del régimen y siendo invitadas a retirarse del país. El pasado de fricciones con Israel viene ahora siendo usado por los defensores de Assad como coartada para las presiones norteamericanas contra Siria. Pero, no hacen ninguna evaluación del significado de esos últimos años de entrega y traición a su pueblo y de los demás países árabes para mendigar un poco de las migajas que caen de la mesa del imperialismo.

Revisar un poco la historia de Siria es fundamental para percibir la trayectoria de las relaciones políticas entre las burguesías árabes, que defendían un proyecto nacionalista entre los años 50 y 70, principalmente después de la creación del Estado de Israel, en 1948, y cómo esas relaciones se fueron transformando con la dominación imperialista en el Medio Oriente. Es la demostración de incapacidad de las burguesías nacionales y de los movimientos nacionalistas burgueses de encabezar una salida de liberación nacional para sus pueblos. Pero, más tarde que temprano, acaban capitulando al imperialismo en función de sus intereses. Totalmente dependientes del mercado mundial para la exportación del petróleo, las burguesías árabes se sometieron y abandonaron cualquier veleidad de una salida independiente y tuvieron que engullir la presencia del enclave imperialista de Israel como gendarme de la región. Hoy esas burguesías, más que socios del imperialismo, son sirvientes de su política de espoliación de las riquezas del Medio Oriente, que condena a las masas a la penuria y a gobiernos dictatoriales sangrientos.  

Es, justamente, contra esos gobiernos y su política totalmente pro-imperialista que la “primavera árabe” explotó. Y, a su paso dio luz a la revolución en Siria, una revolución cuya mecha dio acceso el propio gobierno al reprimir violentamente una pequeña manifestación en Damasco por las libertades democráticas; una revolución que se incendió aún más con la victoria de las revoluciones tunecina y egipcia. El carácter feroz del régimen y su policía secreta, dueños de Siria desde hace cuatro décadas, salió a la luz, con claridad, para quién quisiese ver. Otra mecha que ayudó a incendiar la revolución en Siria fue la total indiferencia del gobierno para con las reivindicaciones del pueblo. Como dice Elías Khoury, en un artículo para la web de Rebelión, “el régimen sirio sustituyó la expresión “ratas”, utilizada por Gadafi para describir a los manifestantes libios, por “microbios”, en una demostración de arrogancia que sólo podía abrir camino a la represión impiadosa como único medio de frenar al movimiento popular, convirtiendo así cada manifestación en un campo fértil para el asesinato y la violencia” (¿Quién conspira contra Siria?, Rebelión, 11/11).

Esos son los hechos, y cualquier análisis sobre la revolución siria, si no quiere distorsionar la realidad, debe partir de esos hechos. Sólo a partir de ellos se puede entender el carácter de la revolución siria en su condición de revolución popular, iniciada por una población en defensa de su dignidad humana, pisoteada por las botas militares y humillada por un régimen prepotente, que condena al país al hambre, al desempleo y a la amenaza de fragmentación por la acción del imperialismo, que sólo la revolución podrá evitar.
 
¿Conflicto interreligioso?

 
Existe otra tentativa por parte de los sectores que apoyan al régimen, de descalificar la revolución de las masas sirias: caracteriza a las revueltas como un conflicto interreligioso, entre la mayoría sunita, influenciada por los fundamentalistas islámicos, y las comunidades religiosas minoritarias (cristianos, chiitas, alauitas y drusas), protegidos por el régimen "laico" del Partido Baath.

De hecho, las divisiones interreligiosas son grandes en Siria y son parte integrante de su rica historia. La mayoría de la población es de origen semita. Los musulmanes son cerca del 90% del total, siendo el 74% sunitas y el 15% de otros, incluyendo a los alauitas, los chiitas y los drusos. Existen ciudades como Khabab, que son enteramente católicas. Hay, incluso, una pequeña comunidad (cerca de 4.500 personas) de judíos sirios. Los cristianos, que son alrededor del 10% de la población son, en amplia mayoría, constituidos por ortodoxos y católicos de rito oriental. Uno de los más antiguos patriarcados cristianos, el de Antioquía, fue transferido durante la Edad Media a Damasco. Hoy es la sede de la Iglesia Antioquina de confesión ortodoxa. Hay en Damasco también un patriarca católico de rito griego.

Sin embargo, el conjunto de comunidades étnicas y religiosas que constituyen el país, tanto musulmanas como cristianas, así como el resurgimiento de la integración islámica, nunca representaron una fuente de conflictos pues, en general, convivieron pacíficamente. Los conflictos sectarios que surgieron en Homs, en realidad, son iniciados y alimentados por el propio régimen para crear una cultura de miedo entre los cristianos, alauítas y drusos y, con eso, evitar su maciza adhesión a la revolución. La consigna más cantada en las movilizaciones es clara: "¡Uno, uno, uno, el pueblo sirio es uno sólo!".

Una revolución democrática y popular
 
El verdadero carácter de la revolución en Siria tiene que ser encontrado, entonces, en las condiciones concretas en que viven las masas. Un régimen de 40 años de dictadura militar fue resquebrajando las condiciones productivas del país, llevando al pueblo a la debacle y, a la propia burguesía, a la parálisis económica. A tal punto llegó la hostilidad, que hasta incluso la mayoría de la burguesía, inclusive la sunita, que apoyaba a Bashar, se viene oponiendo a él y ampliando el aislamiento del régimen. Incluso la comunidad alauita, que apoya mayoritariamente al régimen, lo hace no por lazos religiosos o "tribales", sino por la presencia desproporcionada en la alta jerarquía del Estado y de las Fuerzas Armadas.

Así, lo que viene sucediendo en la revolución siria es una revolución popular y democrática por mejores condiciones de vida y por el fin de la dictadura militar.

A pesar de los cinco mil asesinados por el régimen, dos mil presos y exilados en el Líbano y en Turquía, la balanza está inclinada contra Bashar. El momento es de profundizar la revolución con un proyecto político claramente antiimperialista y democrático, que atraiga a las bases del ejército, llevando al colapso del régimen. Una victoria en Siria tendrá un tremendo impacto en toda la región y en el mundo, mostrando que la vía revolucionaria de transformación de la sociedad volvió a la agenda de las luchas obreras, juveniles y populares.

Los últimos acontecimientos en la región fortalecen la revolución en Siria. En Egipto, la juventud retomó la Plaza Tahrir y exige la salida inmediata de los militares. En Bahréin, las movilizaciones están regresando. En Yemen, la renuncia del dictador Saleh fue bien recibida en las calles, pero su amnistía es ampliamente condenada en las movilizaciones. La revolución en el mundo árabe continúa impulsándose, aunque con graves peligros.

El primero y más importante es la ausencia de una dirección revolucionaria con apoyo de masas, que pueda conducir la revolución hasta la toma del poder por un gobierno de los trabajadores. El segundo es el desarme de la población. Es necesario que la población se organice en milicias armadas urgentemente, antes que sea totalmente diezmada por el gobierno. Con las deserciones en el ejército, innumerables grupos militares pasaron a pertenecer al Ejército Libre. La división del ejército debilita el régimen y es muy importante para la victoria de las masas, pero es necesario que ese ejército esté bajo control de una dirección revolucionaria de las masas sirias, para que no se convierta en instrumento de los intereses de la burguesía y del imperialismo. El tercer peligro es una intervención militar externa que venga a aplastar a la revolución y no para “salvar a las masas”, como alardea el imperialismo.

La única forma de evitar esos peligros es seguir adelante, fortalecer y centralizar los Comités de Coordinación locales, extendiéndolos a las Fuerzas Armadas y continuar luchando hasta la derrota definitiva de Assad.

 
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