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  Chile: entre el Fénix y los buitres
 

Chile: entre el Fénix y los buitres

Escrito por Gustavo Sixel  

Gobierno y prensa transforman rescate de mineros en espectáculo para ganar popularidad del presidente y esconder las peores condiciones en las minas

 

En el film “La montaña de los siete buitres” (Ace in the Hole, 1951), un reportero decadente presencia un accidente en Nuevo México. Un hombre queda apresado en una antigua mina abandonada, dentro de una montaña. El reportero percibe la oportunidad de transformar la operación de rescate en un espectáculo nacional. Y, para mantener la legión de curiosos y periodistas en medio del desierto, llega a alterar la operación de salvamento, escogiendo el camino más largo y arriesgado.

La comparación con el espectáculo en la mina San José, en el desierto de Atacama, es más que obvia.

Más de 500 periodistas desembarcaron en el desierto chileno. Los visitantes transformaron el paisaje inhóspito en palco de un show inédito, transmitiendo en vivo para todo el mundo, donde millones de personas se emocionaron con los rescates y festejaron el resultado, la lucha y la travesía de estos hombres de regreso a la vida y para los suyos.

Del lado de allá, cada uno de los mineros estuvo buscando la vida y, a los largo de 69 días, fueron catapultados a condición de celebridades. Al punto que Mario Sepúlveda, el más entusiasmado de los mineros y el segundo en escapar por el túnel, se desahogaba: “no nos traten como artistas, somos mineros”. Contradictoriamente, fue justamente él, con saltos y piños al aire, uno de los que atrajo más la atención de los periodistas.

En el film, el personaje interpretado por Kirk Douglas, ve en su drama personal las condiciones para transformar su carrera y ascender profesionalmente. En el control de una historia impresionante, sin ninguna ética, él regresa al “primer plano” de la prensa. En el caso chileno, el drama de los mineros ayudó a vender periódicos, donde muchos tratan de controlar sus historias. Y no sólo en la prensa.

Buitres

Estaba claro que una historia de esas proporciones, con tanto apego popular, tendría consecuencias. El calvario de los hombres y de sus familias podría transformarse en un gran triunfo para los gobernantes, en caso que el rescate fuera exitoso, como felizmente ocurrió.

 

El presidente Sebastián Piñera, en su primer año de mandato, después de derrotar al candidato de Michelle Bachelet, desplazó ministros y gastó millones de dólares en la operación con la perforadora T-130, que alcanzó el refugio donde estaban los mineros y abrió el túnel que fue recorrido por la cápsula Fénix, que contó hasta con la ayuda de la Nasa.

El presidente explotó al máximo el caso chileno, una conquista ante los 620 metros bajo la tierra, que parecían insuperables. Sebastián Piñera dio ciento de entrevistas, fue fotografiado y felicitó a cada uno de los mineros, entrevistando largamente al líder de ellos, el último en salir.


Como si condujese un programa de TV, fue filmado al extremo, incluso recibiendo por teléfono felicitaciones de otros gobernantes, como Lula y Hugo Chávez.

También apareció al lado del presidente Evo Morales, que no dejó de presentarse, ya que el cuarto minero rescatado, Carlos Mamami, es boliviano y estaba en su primera semana de trabajo cuando ocurrió el accidente. Evo pretendía llevárselo consigo y desembarcar juntos en La Paz, pero las condiciones de salud del minero no lo permitieron. Incluso sin el trofeo, el viaje de Evo ayudó a contener el principio de crisis abierta en su país con las duras críticas hechas por la esposa del obrero que, inicialmente, había acusado al gobierno boliviano de omisión.

Además de los líderes del continente, el presidente chileno recibió mensajes de todo el mundo, incluso una declaración del presidente  Barack Obama, en directo desde los jardines de la Casa Blanca. La repercusión internacional, el prestigio, animó a Piñera, a tal punto de anunciar un “nuevo Chile” después del rescate. “Chile no será el mismo después del día de hoy”, afirmó.

Guardando las proporciones, el resultado tuvo significado semejante al del 11 de septiembre en los EE.UU., o el de una conquista de la Copa del Mundo en la política interna de Chile.

Desde lo alto de los escombros, bajo las luces, Piñera habló de unión y superación. El presidente conservador navega en el orgullo y la felicidad de todos los chilenos ante la gran presencia de los equipos de rescate e ingeniería, para catapultar su aprobación y popularidad, envalentonado incluso por las conmemoraciones de los 200 años del país.

Bajo el polvo

Toda la merecida alegría amenaza ocultar a los responsables por el accidente y por la tragedia que fue, por poco, evitada. Comenzando por los propios gobernantes, que protagonizaron el espectáculo en las TVs. El ministro de Minería, Laurence Golborne, es uno de los considerados “héroes” después del rescate. En una encuesta divulgada por la Universidad Central de Chile el día 11, en vísperas del rescate, Golborne era apoyado por el 31% de los entrevistados como el personaje principal del proceso de rescate, detrás apenas de los propios mineros y delante hasta del propio presidente Piñera, con el 9%.

Un reconocimiento que ofusca la culpa del ministro en las causas del accidente. La mina San José está signada por accidentes y, en el 2008, después de la muerte de 3 trabajadores, fue cerrada. Sin que ella garantizase las condiciones de seguridad necesarias, sus dueños recibieron la autorización para la reapertura de la mina, a finales del 2009. La autorización fue concedida por el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin), subordinado al gobierno de Chile y al ministro.

Todas las protestas de los sindicatos, que exigían el cierre de la mina, fueron ignoradas. Incluso un grave accidente 2 semanas antes, donde una trabajadora perdió una pierna, no sirvió para sensibilizar a las autoridades. Son las mismas que ahora surgen ante las cámaras de TV, explotando el alivio de las familias y exaltando un “nuevo Chile”.

En nombre de la ganancia

Pero, lo que es necesario destacar de la responsabilidad de gobernantes o de los dueños de la mina, es el cruel engranaje que hace que tantas vidas se pierdan. Apenas en este año, 31 mineros murieron en Chile, en 28 accidentes.

La desgracia de los mineros en nuestro continente, en las minas de Bolivia o de Chile, hace tiempo despertó la rebelión de escritores y revolucionarios, como el joven Che Guevara. Lo que se esconde ahora es que, en nombre del crecimiento

económico y de la ganancia de las empresas, las venas de nuestro continente continúan abiertas y todas las condiciones mínimas de seguridad y de condiciones de trabajo son ignoradas. Sólo eso es lo que puede explicar que accidentes así se repitan con tanta frecuencia en la minería, sea en las minas de cobre de Chile, o en las de hierro de la Vale, en Brasil. Se repite así lo que ocurre en las minas de carbón de China, donde más de 2.600 trabajadores murieron enterrados el año pasado, según el estimado oficial, cuestionado por representantes de los trabajadores.

Después del auge de la crisis económica mundial, esa situación parece empeorar aún más en todas las economías. Para recuperar los niveles de las tasas de ganancias anteriores, las empresas aumentan el ritmo y las metas de trabajo, provocando dolencias de todo tipo; ignoran normas de seguridad y aumentan la tercerización, sin ofrecer entrenamiento o responsabilizarse por estos trabajadores. En Chile, debajo de Atacama, los 33 mineros presos trabajaban en 4 empresas diferentes. Así, cerca del 23% de los mineros del país están tercerizados.

Esa es la verdadera explicación para que los accidentes como ese aún ocurran. Para el capitalismo, más que la naturaleza, más que la vida, lo que importa es la ganancia. En Atacama la tecnología y el esfuerzo de los trabajadores chilenos nos dieron una gran alegría, evitando una tragedia. Pero eso no altera, lamentablemente, la regla: el capitalismo mata. Para que nuevas vidas no se pierdan, es necesario enterrar ese sistema.


 
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