FRENTE AL CAPITALISMO EN CRISIS SOLO HAY UNA ALTERNATIVA: REVOLUCIÓN SOCIALISTA!
   
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  EGIPTO: Declaración LITCI: Ninguna confianza en el nuevo gobierno títere de los Militares y el Imperialismo!
 
 
 

¡Ninguna confianza en el nuevo gobierno títere de los Militares y el Imperialismo!

Declaración de la Liga Internacional de los Trabajadores - Cuarta Internacional (LIT-CI)
www.LITCI.org
Tomando las riendas de su propio destino, la imponente lucha del pueblo egipcio vuelve a conmover al mundo. Una nueva fecha entró en la historia de la heroica revolución del país más populoso de la región: 30 de junio de 2013. Durante aquella jornada, las calles y plazas de las principales ciudades de Egipto fueron tomadas por una incontenible manifestación de millones de personas. El rugido de esos millones expresaba una sentencia categórica ¡Fuera Morsi!
El gobierno encabezado por Mohamed Morsi, sustentado en un pacto entre la Hermandad Musulmana y la alta cúpula militar, se desmoronó pasados tres días de aquel inapelable veredicto de las calles.
 
La experiencia de las masas, acelerada al máximo por el proceso revolucionario en curso, hizo que un año de mandato fuese suficiente para que Morsi, que no respondió a ninguna de las aspiraciones populares tras la caída de Mubarak, se transformase en un cadáver político.
 
El pueblo trabajador, hastiado, se levantó con mucha más fuerza que en aquella gesta contra el dictador y derrocó otro presidente en menos de tres años, confirmando y fortaleciendo todo el proceso de revoluciones que sacude el norte de África y Medio Oriente, que hasta ahora derrocó a Gadafi en Libia, a Ben Ali en Túnez, a Saleh en Yemen y que está enfrentando a Al Assad en Siria.
En las calles, las plazas y cercando palacios, las masas egipcias escriben una nueva página en la historia de su revolución; una revolución que continúa su curso y se demuestra permanente, ininterrumpida, en la cual el pueblo egipcio ha demostrado claramente que la caída de Mubarak sólo fue el comienzo.
 
El derrocamiento del gobierno de Morsi significa una nueva e inmensa victoria de las masas populares. Y como tal fue reconocida y festejada desde el comienzo por el pueblo egipcio. Es una victoria porque el elemento determinante que derrocó a Morsi fue la colosal movilización popular.
El régimen militar imperante en el país, que logró sobrevivir a la caída de Mubarak, si bien no fue destruido, salió golpeado por la acción de las masas y debilitado, pues las masas nuevamente comprueban que es posible imponer el cambio de un gobierno mediante su fuerza en las calles.
 
Esto es así porque el plan del régimen era que el gobierno de Morsi gozara de la estabilidad suficiente para llevar su mandato hasta el final. La cúpula de los generales se vio obligada, forzada por la movilización de masas, a sacrificar otro gobierno servil a sus intereses: primero el de Mubarak, ahora el de Morsi.
 
Los militares tuvieron que hacer esta maniobra en contra de su voluntad, como medida para aplacar la tremenda movilización de masas que tomó todo el país y que amenazó la continuidad misma del régimen militar.
 
Debieron cambiar otro fusible y la situación del régimen, con cada golpe que el movimiento de masas le asesta, se hace más precaria, más frágil, aunque aún consiga maniobrar.
 
Para la LIT-CI, como hemos planteado en otras declaraciones, este es el contenido del hecho y del proceso. Es muy importante tener esto presente, pues es natural que existan dudas y confusiones, sobre todo a todo a partir de la forma como ocurrió la deposición final de Morsi: un golpe del Ejército.
 
La intervención militar que, en medio de las movilizaciones, concretó la destitución de Morsi, si bien es la contradicción y no la esencia del proceso, no es un elemento de menor importancia, pues a partir del mismo se ha instalado un nuevo gobierno en Egipto y está en marcha todo un nuevo plan político, una “hoja de ruta”, siempre orquestado por los militares, que mantiene el mismo objetivo de las clases dominantes y el imperialismo desde la caída de Mubarak: derrotar a la revolución.
 
Pero lo primero y fundamental es comprender que, independientemente de la forma, la caída de Morsi, como fue la de Mubarak, es un enorme triunfo revolucionario de las masas egipcias, que con su acción debilitan a los militares y también al imperialismo estadounidense, que sustenta ese régimen hace más de 30 años.
 
La caída de estos gobiernos nuevamente trastocó la estabilidad del régimen y lo posicionó a la defensiva. Para mantenerse en el poder, los generales tuvieron que hacer una serie de concesiones en el terreno democrático (la última fue sacrificar a Morsi), pero se muestran incapaces de hacer lo mismo en el terreno económico. El resultado de este proceso es un grado cada vez mayor de inestabilidad en el régimen.  El golpe preventivo no cierra el proceso sino que lo espolea.
 
Esta situación inevitablemente llevará a las masas a enfrentarse con el nuevo gobierno, de la misma forma en que enfrentaron a Mubarak y a Morsi, pues la crisis económica se agrava a cada día que pasa.
 
La contradicción del proceso: ¿Por qué los militares salen con prestigio?

Planteado lo esencial en la caída de Morsi (la acción de las masas), debemos entender cuál es y qué consecuencias tiene la contradicción de ese proceso: el hecho de que, efectivamente, fueron los militares quienes, ante la movilización de las masas que amenazaba al régimen de conjunto, supieron reubicarse a tiempo e intervenir, dando un ultimátum y deponiendo de la presidencia a Morsi.
 
Con esa movida, el Ejército ha usurpado a las masas y ha tomado la conducción del proceso, evitando que el pueblo continuase movilizándose hasta echar aquel gobierno.
 
Esta movida dio a los generales mucho prestigio entre la población, además de causar una gran confusión en la vanguardia y en la izquierda anti-régimen, que han luchado incesantemente contra Mubarak y Morsi.
 
Tamaña contradicción precisa ser explicada y se hace necesario entender la razón de la confianza popular y el apoyo popular a las FF.AA.
 
El factor más inmediato es que, como se sabe, frente a las grandes movilizaciones que derrocaron a Mubarak y a Morsi, en lugar de reprimir y orquestar un baño de sangre, como se espera de un régimen militar contrarrevolucionario, se vieron obligados a reposicionarse y a hacer concesiones democráticas, al punto de destituir a sus dos últimos gobiernos.
 
Al jugar esta carta, pudieron presentarse y ser vistos por amplios sectores de masas como “amigos” y “guardianes” de las aspiraciones del pueblo.
 
Pero el prestigio político del Ejército egipcio tiene raíces más profundas e históricas. Financiadas directamente por los EE.UU., a partir de los acuerdos de paz de Camp David con Israel, el prestigio de las FF.AA. está basado, contradictoriamente, en su pasado antiimperialista.
 
Está relacionado con el nacionalismo y panarabismo nasserista, que enfrentó y destituyó a la monarquía, enfrentó al imperialismo y llegó a nacionalizar el canal de Suez, medida radical que, además, fue defendida militarmente en 1956, durante una guerra donde Egipto enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel. La reputación de los militares tiene que ver, también, con las guerras que emprendieron contra Israel: la Guerra de los Seis Días, en 1967, y la de Yom Kipur, en 1973.
 
Sin embargo, este prestigio no se ha mantenido intacto. No podemos olvidar que durante el período del gobierno de la Junta Militar, entre la caída de Mubarak y la elección de Morsi, una amplia vanguardia y también sectores importantes del movimiento de masas hicieron una experiencia más directa con el propio Ejército.
 
Las medidas de la Junta Militar, de febrero de 2011 a junio de 2012, generó un proceso de desgaste que fue erosionando progresivamente el prestigio ganado por los militares tras haber sacado a Mubarak.
 
Frente a esto y ante la victoria electoral de la Hermandad, que derrotó por poco al candidato directo de la Junta, Ahmed Shafik, los militares aceptaron que la Hermandad asuma el gobierno, siempre y cuando garantizase los cimientos del régimen,  a saber: el peso y los privilegios económicos de las FF.AA, que controlan no menos de 30% de la economía y los acuerdos políticos y militares con EE.UU e Israel. Además de esto, la Hermandad debía cumplir la tarea de controlar el movimiento de masas. Un pacto a todas luces contrarrevolucionario que la Hermandad aceptó de buen grado.  
 
Este pacto se mantuvo hasta que el gobierno de Morsi dejó de tener la utilidad necesaria para tales fines.
 
El gobierno de la Hermandad se desgastó rápidamente, tanto por su gestión neoliberal como por sus medidas bonapartistas, claramente autoritarias. En poco tiempo, aquella imagen de “moderados” que Morsi trató de alimentar, se demostró una farsa. La Hermandad, en los meses que estuvo en el gobierno, intentó seriamente llevar adelante un proyecto de islamización de la sociedad y de concentración de poderes en la presidencia. En este sentido, un punto alto del desgaste de Morsi, no solo con las masas sino con sectores burgueses importantes, fue aquel decretazo” que le investía de plenos poderes, en noviembre de 2012.
 
A esto se sumó la impulsión y la aprobación, sin la participación no solamente del pueblo sino de las propias fuerzas de oposición burguesas, de una constitución que, además de anti obrera y anti huelga, estaba basada en la “sharia” (ley islámica) como principal fuente jurídica del Estado. Así, la Hermandad demostraba en la práctica que su proyecto era llegar a una república islámica.
 
El gobierno de Morsi, como parte de un régimen militar,  significó  la continuidad de  la represión contra los activistas, de los ataques a los medios de prensa, a las minorías religiosas copta y chiita. Estas medidas fueron desgastándolo tanto entre el pueblo como con sectores de la propia burguesía. No sin motivo, en sus movilizaciones, las masas atacaban  a Morsi como el “nuevo Mubarak” o el “nuevo Faraón”.
 
Todo esto, sumado a una situación económica al borde del colapso, hizo que la aceptación de Morsi (y en gran medida también de la Hermandad) se desplomase y el descontento popular creciese. La campaña lanzada por el movimiento juvenil Tamarod (rebelión en idioma árabe) ofreció una alternativa que canalizó la bronca acumulada hacia acciones de masas hasta desembocar en el 30 de junio, el punto de inflexión. Sólo en el mes de marzo de 2013 se desarrollaron 1354 manifestaciones y, en abril de este año, se dieron 1462 protestas (48 por día), contabilizadas por el Centro para el Desarrollo Internacional, de la cuales 62% tenían carácter económico. Una cifra récord no sólo en Egipto sino a nivel mundial durante ese mes.
En el marco de este contexto, el Ejército empezó a tomar distancia de Morsi, trató de convencerlo a dar marcha atrás y a negociar. La campaña de Tamarod empieza a ganar apoyo de la oposición burguesa. El Ejército y la policía la dejan correr hasta la movilización del día 30 de junio.
El ultimátum de la cúpula de las  FF.AA., a través del general  Al-Sisi, ocurre en medio de una situación incontrolable, donde el país ya estaba tomado por las manifestaciones, con enfrentamientos en las calles entre partidarios y detractores de Morsi, es decir, cuando la caída del gobierno era sólo cuestión de tiempo.
 
El Ejército, en este cuadro, actuó para evitar un derrocamiento directo y completo del gobierno a manos de las masas, se movió por dentro del proceso para mejor desviarlo y contenerlo.
 
Entregaron un anillo más, pero salvaron los dedos. Lograron, al menos por ahora, recuperar el prestigio que se había desgastado durante el gobierno de la Junta, entonces encabezado por el general Tantawi.
 
Infelizmente, consiguieron usurpar el triunfo de las masas, para mantener el control del proceso posterior a Morsi y poder arbitrar la conformación del nuevo gobierno.  Por la falta de una dirección revolucionaria con peso de masas, el pueblo terminó confiando en la salida que el Ejército tejió para aplacar la movilización popular. 
 
¿Qué posición tomar ante las movilizaciones de la Hermandad?
 
Durante el gobierno de Morsi, los revolucionarios teníamos que estar en las calles, junto con las masas, luchando contra ese gobierno y haciendo propaganda sobre la necesidad de luchar contra los militares y su régimen.
 
Cuando los militares, frente a la movilización de las masas, dieron un ultimátum a Morsi y le anunciaron que si en 48 horas no cumplía con las reivindicaciones del pueblo lo iban a derrumbar, esta ubicación no podía cambiar, porque el “golpe” de los militares, no significaba un retroceso como sería si se tratase del cambio de un régimen democrático burgués a una dictadura. En ese caso se trataba de un “golpe” en los marcos del mismo régimen militar y aunque el ejército estuviese sacándolo por la fuerza, estaba satisfaciendo la principal reivindicación del movimiento de masas en ese momento: destituir a Morsi.
 
En eso es similar la caída del mismo Mubarak, que al final de su gobierno frente a la poderosa movilización de masas, fue la propia cúpula del Ejército que le dijo que debía salir porque era imposible mantenerlo.
 
El derrocamiento de Morsi, representa la caída de un nuevo autócrata, un nuevo Mubarak -en ese caso un civil de corte islámico- y la interrupción de la implantación de su proyecto ultra reaccionario, bonapartista teocrático, encabezado por la Hermandad. Y las masas lo sienten como una victoria democrática.
 
En síntesis, durante el gobierno Morsi estábamos siempre junto con las masas contra ese gobierno y contra el régimen militar y no cambiamos esa posición ni siquiera cuando el gobierno fue amenazado y a posteriori derrumbado por los militares. De la misma forma que ahora estamos en contra del nuevo gobierno y en contra del régimen militar y estamos a favor de toda movilización progresiva que los cuestione.
 
Pero eso no significa decir que es correcto, para los revolucionarios, apoyar cualquier movilización de masas independientemente de su carácter.
 
En Egipto, cuando la Hermandad Musulmana sale a la calle defendiendo la vuelta del gobierno bonapartista de Morsi, está protagonizando una movilización contra el régimen pero de carácter contrarrevolucionario y por eso no es correcto defender ningún tipo de unidad de acción con esta organización.
Luchar para que Morsi retome la presidencia, significa luchar para que vuelvan los responsables por los ataques a las minorías religiosas, los intentos de imponer la sharia como base de la Constitución, es decir, es luchar por el retorno de un gobierno con un proyecto bonapartista teocrático. La vuelta de Morsi, echado por la amplia mayoría del pueblo, sería un retroceso para la revolución.
Para entender esto, imaginemos si Mubarak, al ser depuesto en 2011, hubiera llamado a la movilización de sus seguidores para volver al poder, alegando que su caída era consecuencia de un “golpe”. Resulta fácil creer que nadie se le ocurriría defender “derechos democráticos” de aquel dictador delante de esa iniciativa claramente contrarrevolucionaria.
 
Esa movilización, por lo tanto, no tiene nada de progresivo, aunque estén en ella miles de personas que creen, equivocadamente, que de esta forma están “defendiendo a la democracia” contra un “golpe”. Para que la revolución avance es necesario derrotar este tipo de movilización que sólo sirve a la contrarrevolución.
 
Desde hace semanas, frecuentemente, se dan movilizaciones a favor y en contra de Morsi. En estas movilizaciones suceden enfrentamientos de ambos bandos, que se saldan con decenas de heridos y muertos. Ante esto, se impone la necesidad de que las organizaciones populares, que derrocaron a Morsi, tengan planes y órganos de autodefensa para imponer la voluntad de las masas contra la reaccionaria Hermandad Musulmana, de tal forma que no dependan del Ejército y la policía para imponer su voluntad.
 
Sin embargo, el hecho que estemos contra las manifestaciones de la Hermandad Musulmana por volver al gobierno no significa que vamos a respaldar cualquier medida represiva del Ejército o la policía, pues sus medidas obedecen a los intereses de sus comandantes y no hay porque confiar en ellas.
 
Por ejemplo, denunciamos el ataque que acabó en la muerte de  más de 50 miembros (se habla incluso de 80) de la Hermandad que estaban haciendo una protesta frente al cuartel de la Guardia Republicana, donde exigían la liberación de Morsi, pues todas las imágenes demuestran que esto no se trató de un enfrentamiento armado y sí de un tiroteo de la policía y Ejército contra personas en su mayoría desarmadas.
 
Repudiamos ese ataque por su crueldad innecesaria y porque estas muertes sólo sirven para fortalecer el intento de la Hermandad de volver al poder, aprovechando la indignación que este hecho creó en todos los sectores, incluso entre los que los echaron a Morsi.
 
Por supuesto, como explicamos más arriba, este repudio no puede significar que a partir de ahí estamos a favor de las manifestaciones de la Hermandad para volver al gobierno, ni que sus dirigentes sean liberados, comenzando por Morsi, responsable por toda la represión en el último año, o que ese partido tenga inmediatamente restablecidos sus medios de comunicación para hacer una campaña en contra de aquello que las masas decidieron en las calles.
 
Es necesario apelar a la base de la Hermandad y hacerles un llamado a que acepten el  hecho de que fue el pueblo quien echó a Morsi. Debemos denunciar que la dirección de la Hermandad los está utilizando para volver a imponer su proyecto autoritario y neoliberal de poder.
 
Mientras la Hermandad continúe llamando sus partidarios a salir en las calles a retomar el control del poder, es decir, a ir en contra de la acción de la amplia mayoría del pueblo y de la conquista que representa haber derrocado a Morsi, no estamos a favor de defender sus derechos de expresión ni de manifestación.
Por ejemplo, mientras sigan haciendo manifestaciones por el retorno de Morsi, un retroceso para la revolución, no exigimos la liberación de sus dirigentes o la rehabilitación de sus canales de TV, que fueron cerrados por el nuevo gobierno cívico-militar.
 

¿Cuál es la política del imperialismo?
 
Mientras tuvo utilidad práctica, el imperialismo apoyó el gobierno de Morsi, que le había servido para mantener el régimen militar y aplicar la política económica dictada por el FMI.
 
Cuando este apoyo se hizo insostenible, pues su salida se transformó en una necesidad para atenuar, al menos por el momento, el colosal ascenso de las masas, retiró su sostén a la Hermandad y avaló el golpe de los militares. Aunque apostó hasta casi el último momento en la manutención de Morsi, como había hecho con Mubarak, acabó cayendo en la cuenta de que era imposible mantenerlo frente a la movilización multitudinaria del pueblo.
 
En realidad, no se podía esperar otra cosa, en la medida en que el cambio de gobierno se dio en los marcos del mismo régimen dominado por el Ejército, un agente directo de Washington en la región.
 
Por otra parte, a nivel regional, es notable la política de las monarquías del Golfo en el sentido de sostener al nuevo gobierno servil a los militares y al imperialismo. Sin demora efectivizaron una “ayuda” al nuevo gobierno egipcio por un total de 12.000 millones de dólares (5.000 millones de dólares de Arabia Saudí, 4.000 millones de Kuwait y 3.000 millones de los Emiratos), suma que en mucho supera al aporte anual de los EE.UU (1.500 millones de dólares) y el propio préstamo que está siendo negociado con el FMI (4.800 millones de dólares), lo cual sin duda aporta un importante balón de oxígeno a los nuevos ocupantes del palacio presidencial de Ittihadiya.
 
La cuestión de la violencia contra las mujeres

En Egipto hay un grave obstáculo a la revolución debido a la opresión a las mujeres, que es una característica muy arraigada en la sociedad egipcia: son las violaciones en masa y que se manifiestan incluso en las movilizaciones en la Plaza Tahrir.
 
Esto tiene que ver, por un lado, con que la violencia machista contra las mujeres es una práctica bárbara, aberrante, que está muy arraigada en la sociedad egipcia. Pero por otro que eso fue utilizado durante todo el proceso revolucionario para dividir las filas de la revolución y alejar a las mujeres de la lucha, que participaron y participan con mucho peso de las movilizaciones.
 
Es una cuestión decisiva garantizar la plena participación de las mujeres, sin la cual no es posible pensar en el triunfo de la revolución. Por otra parte, la movilización de las mujeres y la lucha para que puedan actuar sin temer ataques violentos es una lucha contra el régimen militar y la opresión machista que este promueve para sacar a la mitad de la población de la acción revolucionaria.
 
Esta situación ya era muy grave durante el gobierno de Mubarak, pero se agravó aún más durante el gobierno de transición de las Fuerzas Armadas y el de Morsi. Todos estos gobiernos usaron el método de los ataques y las violaciones como verdadera arma política contra la participación de las mujeres en la lucha revolucionaria. Por ejemplo, frente a las denuncias de violaciones, la respuesta del gobierno Morsi fue así de cínica y escandalosa: “las mujeres saben que están entre hombres violentos, por lo tanto, tienen que protegerse a sí mismas, antes de pedir al Ministerio del Interior que lo haga. Si se encuentran en esas circunstancias, las mujeres tienen el 100% de responsabilidad”.
 
Ya el general Al-Sisi, actual hombre fuerte del gobierno, en tiempos de la Junta Militar, fue el que defendió públicamente la permanencia de los deleznables “test de virginidad” que eran practicados en activistas mujeres que denunciaban abusos sexuales de miembros del Ejército. Al-Sisi llegó a decir que aprobaba esos “test” porque eran una forma de salvaguardar la “honorabilidad” de las Fuerzas Armadas.
 
Por lo tanto la lucha para garantizar la participación de las mujeres en la revolución estaba durante los sucesivos gobiernos desde Mubarak y estará ahora frente al nuevo gobierno cívico-militar. De esta forma, en medio de este medio machista, en el que se apoyan conscientemente los gobiernos para inhibir a las mujeres, se hace necesario tener una política para combatir el machismo dentro y fuera del movimiento social y, al mismo tiempo, medidas de seguridad efectivas contra los grupos de bandidos y violadores al servicio de los detentores del poder.
 
El nuevo gobierno: títere de los militares y del imperialismo
 
Tras la caída de Morsi, asumió un nuevo gobierno “interino”, encabezado por Adli Mansur, antiguo jefe de la Corte Suprema Constitucional, personaje hasta ahora desconocido, pero que goza de la confianza de las FFAA.
 
Este juez deberá conducir una “transición” que establezca enmiendas en la Constitución y concrete la realización de nuevas elecciones presidenciales y parlamentarias.
 
Debido a la correlación de fuerzas entre las clases, el Ejército no colocó al frente del nuevo gobierno a alguno de sus hombres fuertes, como podría ser el general Al-Sisi, que concentrará los cargos de Jefe Supremo de las FF.AA., ministro de Defensa y  vice primer ministro.
 
La cúpula castrense tuvo que investir a otro civil como nuevo fusible al frente de Ejecutivo. El primer ministro es el economista liberal y ex ministro de Finanzas Hazem Beblaui, conocido por sus posiciones conservadores y pro-imperialistas. El jefe de la diplomacia es Nabil Fahmi, es un ex embajador en Estados Unidos y será el encargado de mimar las relaciones con Washington y su ayuda financiera al Ejército.
 
La cúpula castrense también incorporó a reconocidos líderes de la oposición burguesa a Morsi, como El Baradei, Nobel de la Paz y otro hombre del imperialismo, ahora ungido por el poder militar como vicepresidente del gobierno interino. Al frente de la importantísima cartera de Finanzas asumió Ahmed Galal, un economista doctorado en la Universidad de Boston y ex empleado del Banco Mundial.
 
El nuevo gabinete no incorpora a sectores islamistas, ni siquiera a los salafistas como Al Nur (que tenía el 30% en el antiguo Parlamento), a pesar de que esta organización política apoya, aunque críticamente, al nuevo gobierno. La Hermandad Musulmana también fue convocada y varios cargos le fueron ofrecidos, pero declaró su no reconocimiento al nuevo gabinete.
 
El gobierno interino, no sólo incorporó a la antigua oposición burguesa a Morsi y cuenta con la bendición de las principales instituciones religiosas, como el imán de Al Azhar y el patriarca copto, sino, como suele suceder en situaciones revolucionarias, el nuevo gabinete procura irradiar una imagen “popular” para responder a una victoria de las masas. En este sentido, se dio el nombramiento del principal dirigente de la Federación Sindical Independiente (EFITU), Kamal Abu Eita, como ministro de Trabajo e Inmigración, adicionando así el elemento de colaboración de clases.
 
Es necesario tener completa claridad de que este nuevo gabinete es y será otro gobierno de este mismo régimen militar y al servicio del imperialismo. Como los anteriores, tiene la difícil tarea de estabilizar el país y derrotar a la poderosa revolución, el problema estratégico que unifica a la burguesía egipcia, al Ejército y el imperialismo.
 
El Ejército, sin embargo, en el momento inmediato a la caída de Morsi, interviene con una táctica distinta: intenta realizar concesiones, incorporar dirigentes de las masas, cubrirse de un barniz “civil” y valerse de las legítimas aspiraciones democráticas del pueblo. Actúa así, pues la revolución le ha puesto un techo de vidrio y no puede desatar en este momento una violenta represión, a riesgo de incendiar el país.
 
Sin embargo, debemos ser muy claros en que, aunque actualmente sea difícil por la correlación de fuerzas, el hecho que las FF.AA. hayan salido con prestigio de este proceso, será un punto de apoyo para reprimir futuras huelgas obreras, luchas o acciones radicalizadas, que seguramente continuarán debido al agravamiento de la crisis económica y los planes de ajuste que el gobierno debe imponer.
 
¡Ninguna confianza en el nuevo gobierno! ¡Enfrentémoslo de forma independiente!
 
Derrocado Morsi, el principal enemigo del movimiento de masas es el nuevo gobierno instalado otra vez por los militares.
 
Como decimos en declaraciones anteriores, el nuevo gobierno surgido como respuesta, por dentro del régimen, a la lucha de las masas, tampoco podrá responder a las legítimas demandas y aspiraciones democráticas y económicas del pueblo egipcio.
 
Es un gobierno que responde, como lo hicieron Mubarak y Morsi, al mismo régimen de los generales pagados directamente por el imperialismo. Tenemos que utilizar la denuncia de cada una de sus políticas para explicar pacientemente a los activistas y a las masas porque no es correcto dar ningún tipo de apoyo político al nuevo gobierno que asumió tras la salida de Morsi ni al Ejército, quien está detrás del mismo.
 
Un gobierno que muestra su apoyo a la política imperialista en Palestina y Siria. Los exiliados sirios están siendo detenidos en Egipto y la frontera con Palestina en Gaza se cerró. Ese gobierno busca un acercamiento al dictador Assad, así como a las monarquías del Golfo y ataca a los palestinos utilizando el hecho que Hamas (que dirige Gaza) sea aliado de la Hermandad. Con eso el nuevo gobierno trata de justificar un nuevo aislamiento de la Franja en acuerdo con la política de EEUU e Israel.
 
Es necesario llamar a la amplia mayoría de los egipcios que derribaron a Morsi, en especial a la clase obrera, a que se organicen en forma independiente y confíen solamente en sus fuerzas, porque el Ejército, a pesar de sus maniobras, ha demostrado ser un organismo represor del pueblo y no se puede confiar en él.
 
En este sentido, el papel de los sectores de la antigua oposición, como El Baradei, el movimiento Tamarod y el dirigente de la Federación Sindical que asumió como ministro de Trabajo, es nefasto, pues se han alineado políticamente al Ejército y colaboran a crear ilusiones en las masas de que los militares estarían ubicados del lado del pueblo. Por ejemplo, el nuevo ministro de Trabajo llamó a no hacer huelgas e dedicarse a la producción. Esto ha generado una justa indignación en sectores de los movimientos sindical y de la juventud, que se pronuncian en contra del apoyo y la participación de sus dirigentes en este gobierno articulado por los militares. Es muy importante que los trabajadores y la juventud exijan a esos dirigentes que renuncien a esos cargos y que rompan con este gobierno anti popular y al servicio del régimen.
 
Por eso, en el momento actual, una tarea importantísima de los revolucionarios es explicar pacientemente a la vanguardia y a las masas egipcias que este no es su gobierno, que será parte del mismo régimen actual y que debemos permanecer movilizados contra sus planes.
Debemos explicar que son producto de un reacomodo engañoso para que todo permanezca igual. Este gobierno representa un intento de continuar los planes económicos de Morsi, así como los ruinosos acuerdos con el FMI y los acuerdos militares, que sujetan el país a los EE.UU.
 
En este sentido, es fundamental levantar un programa para continuar la lucha, para seguir movilizados. La gran tarea es, apoyados en la gran conquista que significa echar a Morsi, mantener la movilización para conquistar plenas libertades democráticas, castigar los crímenes no sólo de Mubarak sino de toda la cúpula castrense, de Morsi y de la cúpula de la Hermandad,  confiscar sus fortunas y propiedades y anular todos los pactos que tienen con el imperialismo.
 
El movimiento de masas debe exigir al nuevo gobierno cívico-militar, que se dice “guardián del pueblo”, la realización inmediata de una Asamblea Constituyente realmente democrática y soberana, para aprobar un programa que libere a Egipto de la dependencia del imperialismo; que rompa inmediatamente el Tratado de Camp David y con toda la subordinación financiera y política del Ejército con el imperialismo e Israel,  que establezca el No pago de la Deuda Externa, destinando esos enormes recursos (sólo este año deberán ser pagados 5.000 millones de dólares en intereses) sean invertidos un plan de emergencia que contemple la realización de obras públicas que generen fuentes de trabajo, que atienda la salud y la educación para el pueblo pobre de Egipto.
 
En este sentido, la lucha debe ser en contra del nuevo endeudamiento de 4.800 millones de dólares con los banqueros de Washington, que comenzó a ser tramitado por Morsi y que se mantiene con el nuevo gobierno.
 
Hay que incorporar en la Constitución la libertad religiosa. Contra los intentos de imponer una Constitución teocrática. Todos los egipcios, sean o no adherentes de distintas religiones tengan sus derechos respetados. Los musulmanes y también los coptos, chiitas y aquellos sin religión deben ser libres de ejercer sus creencias o su no creencia. No se puede imponer a toda la población los designios de una religión, en ese caso la musulmana, por la adopción de la Sharia como base de la Constitución. Ya se vio en Irán el resultado de ese tipo de régimen dictatorial teocrático.
 
Hay que reabrir inmediatamente la frontera con Gaza, hay que liberar los refugiados sirios detenidos y darles todas las condiciones para que puedan vivir libremente en Egipto. La revolución egipcia es parte de la revolución árabe, tiene que apoyar a la justa lucha de los palestinos contra los sionistas y de los sirios contra Assad.
 
Se plantea también la lucha por: ¡Aumento general de salarios! ¡Por un plan económico de emergencia y la reducción inmediata de la jornada de trabajo sin reducción de salario de forma que garantice trabajo para todos! ¡Por la expropiación de las grandes empresas nacionales y multinacionales y del sistema financiero!
 
Para que triunfe la revolución, para que haya un verdadero cambio económico y social en Egipto, es necesaria una salida independiente de la clase obrera y el pueblo. Más aún, la organización independiente de la clase obrera y el pueblo son la única garantía de continuidad del proceso revolucionario. Por eso, es necesario mantener la independencia de las organizaciones obreras y populares y, al calor de la lucha, avanzar en la construcción de un partido revolucionario e internacionalista que pueda conducir la movilización hasta la destrucción del régimen militar, en el sentido avanzar hacia la única solución de fondo: un gobierno obrero y popular en Egipto.
 

 
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