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  El falso discurso feminista de Hillary Clinton
 
 

El falso discurso feminista de Hillary Clinton


CECÍLIA TOLEDO


La secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton es hoy la feminista más famosa del mundo. Ya está siendo llamada "icono pop del feminismo". Últimamente, está viajando por los países africanos visitando mujeres estupradas, paseando por barrios donde las viviendas habían sido construidas por mujeres pobres, sitios donde los niños habían sido arrancadas del vientre materno, mujeres víctimas de estupros colectivos. Son casos escabrosos, e Hillary está demostrando indignación, hablando de "maldad en su forma más primitiva". En Congo, llegó al punto de prometer 17.000 millones de dólares al gobierno para combatir la violencia sexual.

 Tratándose de la opresión femenina (y todas las demás opresiones) ese tipo de denuncia siempre es bienvenida. Sin embargo, además de alimentar en las mujeres trabajadoras y pobres la ilusión de que una mujer tan poderosa como ella va a resolver sus problemas, lo que Hillary está haciendo, de hecho, es usar el discurso feminista, que siempre "cae bien", para apalancar su carrera de secretaria del Departamento de Estado norteamericano que, hasta ahora, no consiguió llegar ni a los pies del prestigio y de la fuerza que su antecesora, Condoleezza Rice, alcanzó junto a los políticos de todo el mundo.

Feminismo en el bolsillo del chaleco


En verdad, Hillary estaba en baja en la Casa Blanca, sus giras por el mundo, para intentar llevar la política de Barack Obama, (contra quien se enfrentó en las últimas elecciones primarias del Partido Demócrata para la presidencia de EE UU,) no están teniendo mucho éxito. Hillary ahora apela a las banderas feministas. Ella que en, 1995, cuando era primera dama de Estados Unidos, mujer del entonces presidente Bill Clinton, llegó a empuñarlas, sin mucha convicción que digamos.

 

Como todas las mujeres burguesas, Hillary también es víctima de la opresión y de la discriminación por ser mujer. Y tuvo que engullir las traiciones del marido, que admitió públicamente estar saliendo con una estudiante pasante de la Casa Blanca. En esa ocasión, Hillary hizo un discurso en un evento feminista organizado por la ONU, en Pekín, denunciando los abusos contra las mujeres. Fue aplaudida de pie, ganó los titulares de periódicos del mundo entero, pero se quedó por ahí. Ahí murió su feminismo. Después de eso, Hillary fue senadora por largos años y precandidata a la presidencia de EE UU. Tuvo miles de oportunidades para ejercer una militancia concreta y activa en favor de las mujeres, pero prefirió el silencio. Quizás para no quemar su película en el medio machista de la política estadounidense.

 

La crisis económica explotó, afectó sobre todo Estados Unidos, tierra natal de Hillary, pero ni así ella tomó el micrófono para denunciar los estragos que la crisis  provocaría, sin sombra de dudas, entre las mujeres trabajadoras. Los derechos femeninos en la Constitución americana, considerada la más democrática del mundo, están siendo duramente atacados en las empresas por la crisis, pero Hillary se calla. El derecho al aborto legal en EE UU. está en el filo de la navaja. Prácticamente ninguna mujer trabajadora y pobre tiene acceso a él. Los servicios de salud en Estados Unidos son los más caros del mundo y el propio Barack Obama reconoce que cerca de 46 millones de americanos no tienen seguro de salud y, todos los días, 14.000 norteamericanos pierden sus planes de salud (Estadão, 17/8/09).

 

Por otro lado, los poderosos y superactivos grupos estadounidenses de derecha, que andan libremente por el país, vienen atacando las clínicas y apaleando las mujeres que hacen abortos. Pero "pequeña desgracia es tontería". Con la crisis económica y los despidos masivos, derechos antes consagrados, como la licencia por maternidad y las guarderías en los lugares de trabajo, se volvieron un artículo de lujo. En las familias obreras, el desempleo cae como una bomba y, mientras los hombres esperan en las inmensas colas de desempleados, las mujeres corren atrás de "changas" o hacen triple jornada de trabajo para garantizar la supervivencia de la casa.
Trotsky, uno de los grandes dirigentes de la revolución socialista en Rusia, decía que el grado de emancipación de las mujeres era un fuerte indicativo del grado de desarrollo social de un país. Para Marx, la emancipación humana es una cosa del "reino de lo concreto", no de lo abstracto; que depende del acceso a buenas condiciones materiales de vida. Por eso Hillary, se quisiese, tendría muchos asuntos para una militancia feminista real en los Estados Unidos de hoy.


¿Quién tiene miedo de Hillary Clinton?


Pero Hillary hace diplomacia. Es miembro del Partido Demócrata estadounidense,elo mismo que invadió Vietnam, donde murieron miles de mujeres con el gas naranja, el mismo que votó a favor de las guerras contra Irak y Afganistán, arrasando familias y dejando las casas en escombros, el mismo que se alterna en el poder de un país que explota y oprime a los pueblos de todo el mundo. ¿Qué otro tipo de militancia feminista podría tener ella a no ser una militancia coherente con la ideología que pregona y su lugar en el mundo?

 

La misión de Hillary no es propiamente "solucionar los problemas femeninos globales". Sino que ella encontró ahí un filón para afirmarse en la política. Por regla general, los sectores más oprimidos se prestan a eso. Cuando un presidente se siente medio desprestigiado, va a un acto y pone en su regazo algún niño pobre. Para salir en las fotos. Barack Obama, golpeado por el tifón de la crisis económica, apareció en la TV, en los jardines de la Casa Blanca tomando cerveza con un profesor negro, que acababa de sufrir discriminación racial. Visitando mujeres violadas, lo que Hillary está haciendo es populismo, porque todos nosotros sabemos que ella no va a cambiar la terrible situación en que viven las mujeres africanas.

 

Después de Obama, Hillary es hoy mayor representante del imperialismo norteamericano en el mundo. Tiene la misión de aplicar, en su política externa, el plan de "reacción democrática" del gobierno Obama: insistir en el diálogo con los demás países para poder garantizar así los negocios de las empresas multinacionales, e intentar detener, por poco que sea, la enorme ola de anti-americanismo que se esparció por todo el planeta durante el gobierno anterior, de George W. Bush.

 

Uno de los grandes pilares del imperialismo es, justamente, la dominación colonial y la explotación económica de pueblos enteros, sometidos a relaciones de violencia y de miseria creciente, aunque sus países tengan enormes riquezas naturales, como los países de África. Y esa explotación económica cada vez más extendida utiliza un elemento fundamental, alimentado a diario por el capitalismo: la opresión cultural sobre las mujeres y los negros. Mantener a las mujeres y los negros oprimidos, subyugados y sumisos, los vuelve más vulnerables a la explotación económica, a los bajos sueldos, a los trabajos precarios. Esos sectores, inmensos en el interior de las poblaciones africanas, constituyen un enorme ejército industrial de reserva a disposición de los grandes capitales multinacionales, como mano de obra barata y dócil. Y así como viene ocurriendo en China y en India, países superpoblados y semicoloniales, que recibieron inversiones masivas de capital multinacional, sobre todo norteamericano (que extraen inmensas cuotas de plusvalía de sus trabajadores y trabajadoras), el continente africano ahora está a punto de seguir el mismo destino. La visita de Hillary, y su aparente preocupación con las mujeres negras, es un indicativo de eso.

 

El combate a la opresión de las mujeres no es el verdadero objetivo de la secretaria de Estado. Incluso porque, para eso, habría que combatir el sistema que ella misma representa, el imperialismo y todas sus políticas de dominación y explotación de los pueblos del mundo colonial y semicolonial, donde vive la inmensa mayoría de las mujeres oprimidas. La opresión delas mujeres es la otra cara del hambre y de la miseria; de la falta de cualificación profesional, de trabajo; en fin, de perspectivas en la vida.

 No es posible acabar con la opresión de las mujeres sin que, primero, haya condiciones materiales de vida dignas para todo el pueblo. Y nada de eso estará al alcance de las mujeres africanas mientras exista la explotación imperialista, mientras las políticas feministas estén en las manos de mujeres como Hillary Clinton y no de las mujeres obreras y campesinas, las verdaderas oprimidas y explotadas. Como dijo la propia Hillary, al final de su visita a África, los EE.UU., incluso siendo aliados fieles, no tienen una "varita mágica" para resolver problemas endémicos del continente. Son los propios africanos que deben asumir los rumbos de África. 

Si fuese una feminista consecuente, Hillary tendría que decir que eso sólo será posible mediante la expulsión del imperialismo del continente. Y aquí entra también un problema de clase. No es el "pueblo africano" el que debe asumir el poder, como dice Hillary, porque África ya está cansada de soportar dictadores crueles, sanguinarios y machistas, que pisotearon todos los mínimos derechos de las mujeres, y estaban totalmente a servicio de los intereses económicos del imperialismo norteamericano. Quien tiene que asumir el control de África son los trabajadores y trabajadoras africanos, en lucha por expulsar el imperialismo de sus tierras, y asumir el poder en sus países. Las mujeres africanas, sumergidas en la barbarie, ya no tienen nada más que perder. Deben juntarse a esa causa, con la consciencia de que damas como Hillary, Condolezza Rice y otras del mismo tipo hacen discursos feministas, pero lo que llevan adelante, de hecho, es la política del imperialismo y del gran capital, de explotación y rapiña de las riquezas africanas.

18/08/09

 

 
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